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Me gustaría hacer un comentario para poder llegar a transmitir un poco más mi pensamientos.

Llegar hasta ti relata el amor de una chica hacia un chico, el cual siempre ha estado a su lado desde que eran niños, pero parece que nunca la verá como algo más que una relación amistosa de la infancia.

Me gustaría decir que me ha sido complicado escribir un romance ya que me resulta difícil transmitir un sentimiento tan abstracto a través de palabras. Pero sobre todo he intentado plasmar lo importante que es ser conscientes de no poder saber lo que podrá ocurrir en el día de mañana, porque la vida es un misterio constante.

Llegar hasta ti fue la primera del blog. ¿Cómo se me ocurrió ésta historia? Realmente fue una casualidad, pues jamás había escrito nada de género romántico y fue a raíz de inventarme una frase atrayante de prueba para escribir algo en el blog, esa frase es la primera entrada de Llegar hasta ti. A partir de ahí mi imaginación comenzó a tejer la historia en mi mente. Fue cogiendo forma, personalidad, sentimientos, hasta incluso poseer un punto de filosofía. Para así llegar hasta la conclusión más importante:

“La vida es la que es y nunca sabes lo que puede ocurrir en el día de mañana, pero ese es el misterio, ¿no?” 

 

(Escrito por la autora: Carmen Hergueta) 

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      —¡Oh! Perdona, creí que serías otra persona. ¿Querías algo? – Me preguntó con amabilidad.

Me había quedado en blanco y mi corazón estaba siendo en aquel momento avasallado por una fuerza motriz tan intensa que me bloqueaba.

      —Perdón, debo haberme equivocado de piso. – Dije al fin.

Me di la vuelta para marcharme.

      —Eres Leila ¿verdad? – Escuché decir de pronto a la chica.

Le miré sorprendida. Pero ella todavía sonreía con amabilidad.

      —Puedes pasar si quieres, ya que estás aquí. – Me ofreció.

No sabía cómo reaccionar, por lo que acepté su invitación por no parecer descortés. Me ofreció asiento. Era una chica delgada, de estatura media. Su pelo negro iba recogido en un moño. Tenía una piel blanca y tersa. Ojos azules y labios delgados. Usaba gafas de pasta de color negro, con forma rectangular, que acentuaban su mirada. Tenía una expresión amable y alegre. Una chica llena de vitalidad. No podía esperar menos de la chica de Jone.

        —¿Cómo sabías quién era? – Le pregunté.

        —Javi me habló de ti. He estado estos meses de viaje y llegué ayer por la noche. Me contó que habías venido a trabajar aquí y que os habíais visto en un par de ocasiones. – Me respondió de forma tranquila y amable.

        —Entonces tú eres… – Comencé a decir.

        —Cierto, aún no me he presentado, me llamo Ainara, como puedes comprobar también soy de España, de un pueblo de Barcelona. La verdad es que estuve a punto de volver a España, pero conocí a Javi y acepté un contrato para quedarme de manera indefinida. – Dijo.

Se le veía muy feliz.

Y en aquel momento lo sentí, no tenía sentido que estuviera ahí. Era patético y ridículo. Por lo que me levanté.

        —Perdona, pero tengo que irme, simplemente me acerqué a saludar a Javi. – Dije disculpándome.

 Salí corriendo de allí. No podía soportar más aquella situación. Corrí por toda la calle para alejarme lo antes posible. Cuando llegué a mi piso, Javi estaba sentado en las escaleras del rellano del bloque, esperándome. Nada más verlo, la rabia brotó por si sola por mi mano, hasta golpear su cara. Él ni parpadeó. Pero me miró con una seriedad que jamás le había visto.

        —No tienes derecho a hacer eso. – Me dijo.

        —Te lo dijo mi hermana, ¿verdad? – Dije sin poder mirarle.

        —Sí.

        —¿Lo has sabido todo este tiempo? – Pregunté.

        —Sí. Y esperaba que me lo contaras en algún momento. ¿Por qué no lo has hecho?

        —No lo sé. – Comencé a decir temblándome la voz. – Supongo que volví a sentir todo como los viejos tiempos y olvidé lo que tenía en España.

        —Jamás olvides a las personas que tienes a tu lado. Puede que las eches de menos el día que se vayan. – Me dijo.

        —Pero tú tampoco me contaste lo de Ainara.

        —Nos conocimos al mes de llegar aquí. Al segundo mes noté que le incomodaba que tuviera contacto contigo, por lo que dejé de llamarte y cambié de número para que ella estuviera más tranquila.

Sus palabras me golpeaban igual que un martillo, intentando en cada golpe que sangrara mi corazón.

        —Ahora vivimos juntos. Me queda menos de dos años de contrato por estar aquí. Pero me han dicho que si quisiera quedarme me harían un contrato indefinido. Tengo aún tiempo para pensármelo, pero Ainara está aquí y lo más seguro que acepte el contrato y me quede con ella.

No quise que viera tanta debilidad en mí. Por lo que hice el mayor esfuerzo del que fui capaz y me repuse.

        —Es una buena chica, serás feliz a su lado si te quedas aquí. Llevas razón, tengo una persona esperándome en Toledo, que si se fuera echaría de menos.

Tenía que empezar a valorar lo que la vida me había dado. Y después de Javi, la vida me había dado a Dani. En ocasiones olvidamos lo que tenemos y dejamos de valorar nuestro entorno. De pronto pensé que si comenzaba a valorar de verdad lo que tenía, la vida me parecería más hermosa.

Sentí la mano de Javi sobre mi cabeza. Lo miré. Me estaba sonriendo.

          —Todo saldrá bien. – Me dijo.

Los días siguientes fueron muy duros. Ya no veía a Javi. Fue como vivir por segunda vez la misma historia, pero en esta ocasión, en Nueva York.

Poco a poco, hablar con Dani repuso por completo mi corazón y mi ánimo. Hasta que Javi volvió a ser un recuerdo.

Salía mucho con Sofía. Se quedaba muchas veces a dormir en el piso. Hasta que le propuse que se mudara, así no estaría tan sola.

Continuó pasando el tiempo. Hasta que quedaron dos semanas para que terminara mi traslado y volver a España. Fueron dos semanas llenas de papeleos, llamadas, trabajo y organización del equipaje. Una locura que deseaba que terminara pronto. Hasta que llegó el día.

Me encontraba en el aeropuerto. Sofía no había podido acompañarme. Tenía trabajo que hacer.

           —¡Leila! – Escuché a Javi.

Lo miré sorprendida, no habíamos vuelto a vernos.

           —¿Qué haces aquí? – Pregunté.

           —Quería despedirme de ti. Siento que no nos hayamos visto más en todo este tiempo. – Se disculpó.

           —No tiene importancia, lo entiendo – le dije para tranquilizarlo –. ¿Has aceptado al final el contrato? – Le pregunté.

           —No, aun no. Tengo que dar una respuesta mañana. Si digo que no, en una semana estaría de nuevo en España. Pero Ainara quiere que me quede y yo también. Por lo que lo aceptaré.

Sus palabras me oprimían el pecho, pero aquello ya no era de mi incumbencia. Recordé cuando yo no llegué a tiempo al aeropuerto, el día que se marchó. Me alegró que él si hubiera llegado a tiempo para despedirme, ya que no sabía cuándo volvería a verle, puede que nunca más.

            —Buen viaje. – Me dijo con una sonrisa.

Me abrazó. Sentí dolor. Pero lo aguanté.

            —Que te vaya todo bien – me dijo al separarse de mí –. Tengo que irme. ¡Espero que volvamos a vernos! – Dijo a medida que se alejaba.

Pero entonces no pude dejar que se fuera sin decírselo.

            —¡El día que te marchaste, al leer tu mensaje fui al aeropuerto! ¡Pero llegué tarde, ya habías subido al avión! – Dije alzando la voz para que me escuchara a lo lejos.

Él se detuvo, pero no le di tiempo a que pudiera decir nada, pues yo ya había entrado para embarcar.

De vuelta en España, en Toledo. Me di cuenta lo mucho que la había añorado al ver de nuevo la ciudad. Ya había olvidado lo tranquila que era en comparación con Nueva York. Sentí que me daba la bienvenida con los primeros días de otoño.

Cuando llegué al piso, Dani no estaba. Estaría en el trabajo. Deshice la maleta mientras esperaba a que llegara.

Cuando Dani llegó del trabajo casi me asfixia al abrazarme. Me llenó de besos y de cariño. Me había echado mucho de menos. Pero aunque yo me alegré por volver a tenerle cerca, sentía algo diferente en mi interior. Aquello me preocupó.

Los días fueron pasando. Cada día que pasaba me comportaba de forma más fría y distante.

 Hasta que un día ya no pude más. Estaba claro que no podía. Lo justo era hablar con él.

          —Dani yo… – Comencé diciendo una mañana que habíamos salido a dar un paseo.

          —No tienes que decir nada, lo sé. – Dijo él cortándome.

          —Lo siento, no soy capaz de valorarte como te mereces. – Le dije con total sinceridad.

          —Leila, no tienes que disculparte, esto también forma parte de la vida. Es fácil equivocarse, lo difícil es acertar. Espero que todo te vaya bien. – Me dijo con una mirada llena de comprensión.

Lo abracé.

           —Gracias – Dije.

Sentí como él me abrazaba con fuerza, porque sabía que sería nuestro último abrazo.

Y así salió Dani de mi vida y volví al piso donde me había criado. Junto con mis padres y mi hermana.

Ya había pasado casi tres semanas desde que había vuelto. Por lo que deduje que Javi había aceptado finalmente el contrato. De nuevo en mi habitación. Donde había esperado cada día desde que era niña los aviones de papel que me enviaba Javi. Donde desde el alféizar había observado el cielo y la luna millones de veces. Y desde donde había observado una y otra vez la luz de la habitación de Javi encenderse y apagarse. Pero ya no volvería a verla encendida.

Me tumbé en la cama agotada por la mudanza. Había sido un día largo. Pero la noche había caído. Abrí la ventana para que entrara el aire. Me volví a tumbar. Observé la luz plateada de la luna que bañaba mi habitación. Pensé ya más calmada en todo lo que había ocurrido en Nueva York. La angustia volvía a inundar mi alma. La cruda realidad era que no era capaz de olvidarle. Pero la vida es así, lo que en ocasiones te da, en otras te lo quita.

Entonces escuché un sonido. Me incorporé y vi algo tirado en el suelo. Me acerqué. Era un avión de papel. Tenía un dibujo mal hecho de un chico y una chica corriendo cogidos de la mano, y decía:

“Te espero fuera”

La vida es la que es y nunca sabes lo que puede pasar en el día de mañana. Ese es el misterio, ¿no?

      — Javi… – Dije de forma casi inaudible.

Mi cuerpo parecía haberse petrificado. No era capaz de moverme. Tampoco de hablar. Escuchar de nuevo su voz había sido casi un sueño.

Pero Javi sonrió como lo había hecho siempre.

       — ¡Qué sorpresa! No puedo creerlo. – Dijo a medida que se fue acercando a mí. – Eres tú de verdad.

Se quedó a un paso de distancia.

       — Ha pasado tiempo, nunca imaginé encontrarte aquí. – Seguía diciendo él.

Yo no era capaz de pronunciar palabra, pero tenía que hablar.

       — Sí, es una casualidad. Resulta que me han trasladado para trabajar aquí. Y vivo cerca de tu piso. – Dije con una sonrisa.

Entonces Javi se acercó más y me dio un beso en cada mejilla. Pude notar que quiso abrazarme, pero no llegó a hacerlo.

       — Toda la vida unidos ¿verdad? – Dijo bromeando.

Los dos reímos. El ambiente tenso se calmó.

       — Iba a comprar algunas cosas necesarias que necesita mi piso. He llegado hoy del viaje. Pero no sé muy bien a donde tengo que ir. – Dije.

       — Puedo acompañarte si quieres. Así te enseño la zona. Y también aprovechamos y charlamos mientras. – Dijo con una gran sonrisa.

Parecía feliz de verme. Eso me tranquilizó.

Comenzamos a andar por las calles frías de Nueva York.

       — Por cierto, estás cambiada. Te has dejado crecer el pelo. – Dijo de pronto.

Acercó su mano hasta mi cabello y cogió un mechón, pasando su mano a lo largo de él. Me separé un poco, su cercanía revolvía mi interior. Él lo notó.

       — Tú también estás cambiado. Te has dejado crecer un poco la barba. No te había visto nunca con ella. – Dije.

       — Ya bueno, los gustos cambian.

Javi me acompañó a todas las compras. Fue de gran ayuda. Apenas hablamos de nosotros. Comentábamos nada más que los lugares que íbamos viendo. Fue como si de pronto fuéramos dos extraños. Me ayudó a llevar las compras hasta mi piso.

        — Tienes un piso bonito. – Dijo mirando para todos lados.

El piso tenía colores pasteles y los muebles eran entre una mezcla clásica y moderna.

Mientras fui guardando toda la compra.

       — Si quieres podríamos quedar otro día. Seguramente ahora no conozcas a nadie. – Me dijo ayudándome a sacar la compra de las bolsas. – ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? – Me preguntó.

        — Dos años. – Dije.

No podía portarme con naturalidad. Pensé en Dani, tenía que pensar en él para calmarme.

        — Me gustaría quedar contigo mañana, en el puente de Central Park. – Dijo Javi.

No supe que responder.

        — Pues… verás… – Comencé a decir indecisa, pero él me interrumpió.

        — Leila, no aceptaré un no por respuesta. Me haría muy feliz poder enseñarte algunas cosas de Nueva York. – Dijo Javi alzando mi barbilla lentamente para que lo mirara. – Dónde está la sonrisa de la chica que dejé en Toledo. Lo único que he visto hasta ahora es una sonrisa postiza.

Mi corazón se disparó. Pero de pronto, colocó su mano sobre mi cabeza como había hecho siempre y me acarició con cariño. Me sonrió como si hubiera vuelto a encontrar a su hermana perdida. No pude evitar sonreír y esta vez, de verdad.

          — Eso está mejor. – Me dijo. – Tengo que irme. Te veo mañana a las nueve de la noche en el puente de Central Park. – Dijo antes de salir por la puerta.

Ahí me quedé, sin terminar de asimilar aquel encuentro. Algo que no pensé que ocurriría el primer día de mi llegada. Por un lado era reconfortante saber que no estaba sola en Nueva York. A su lado todo parecía más sencillo.

Al siguiente día en el trabajo, me asignaron de compañera a una chica española, su nombre era Sofía. Trabajaríamos juntas. Enseguida cogimos confianza. Me venía bien tener a alguien con quién poder hablar.

           — Entonces dices que tienes novio en España, y el tal Javi es un amigo desde que eráis niños. – Se repetía Sofía para asegurarse haber comprendido. – Yo no veo el problema para que no vayas esta noche. ¿Qué hay de malo en tener amigos? – Me preguntó.

Había comentado con ella el dilema que tenía, pero en ningún momento le había contado la verdad de todo lo que había pasado entre él y yo. Aunque pensándolo bien… realmente nunca había llegado a pasar nada entre los dos. Ante ese pensamiento, me di cuenta que podíamos seguir siendo amigos como siempre. Yo ahora estaba con Dani. Era cierto que me había impactado ver a Javi de nuevo, pero había sido una reacción normal, ¿no?

        — Llevas razón, no tiene sentido preocuparme. Es mi amigo y está en mi vida antes que Dani. ¿Qué hay de malo? – Dije ya más tranquila.

Le agradecí a Sofía que me diera su opinión.

El día pasó deprisa. Hasta llegar la noche. Recorrí las calles hasta llegar al Central Park. Era como si hubiera entrado a un mundo helado. La nieve cubría los bancos, los árboles… La luz de las farolas le daba un brillo especial al parque, creando una noche blanca que impactaba a la mirada. Me sentí como una niña en un cuento de hadas. Pero eso sí, hacía un frío de mil demonios. Fui caminando sobre la nieve dejando el rastro de mis pisadas a mi espalda. Hasta que después de buscar exhaustivamente durante más de media hora el puente, lo encontré.

Diferencié la figura de Javi, que ya me esperaba sobre el puente. Esperó a que llegara hasta él.

          — Llegas tarde. – Me dijo.

          — Lo siento, creo que me perdí un par de veces, nunca había estado aquí. – Le expliqué.

Javi sonrió.

          — No importa, nunca me ha importado esperarte. Mira. – Me dijo señalándome hacía la vista que teníamos desde el puente.

No me había fijado al llegar, porque iba preocupada por lo tarde que era. Pero mi mirada siguió la dirección de la mano de Javi. Nueva York me iluminó. Fue como ver la magia por segunda vez en mi vida. Millones de luces proyectadas por los grandes rascacielos. Una noche helada que de pronto se volvía cálida para la vista.

           — Nunca pensé que tendría el privilegio de ver por segunda vez reflejada la magia en tus ojos negros. – Escuché decir a Javi.

Mi corazón dio un vuelco al escucharle, anunciándome el primer aviso. Le sonreí. Era una noche solitaria en Central Park. Parecía que la noche quería que el parque fuera solo para nosotros dos. Sin previo aviso, Javi sujetó mi mano y echó a correr. Los dos corrimos por los paseos del parque, olvidándonos del frío, de la nieve que nos empapaba los pies, de la noche, del tiempo… Fue como retroceder a los días que éramos pequeños. Entonces ocurrió lo que más temía, Dani desapareció de mis pensamientos, en aquel momento solo existía Javi.

Pasaron los primeros meses. Javi y  yo solíamos quedar a menudo. Me enseñaba rincones de la ciudad o íbamos a tomarnos un café. Cualquier excusa con tal de pasar más tiempo juntos y recuperar los días que estuvimos separados.

Hablaba casi todos los días con Dani, pero no me atrevía a contarle que me veía a menudo con Javi. Sabía que no era lo correcto, pero tampoco estaba haciendo nada malo y evitaría que Dani se preocupara.

Aquella mañana de mediados de mayo, quise darle una sorpresa a Javi presentándome en su piso. Había salido antes del trabajo y a esa hora él ya estaba en casa. En los meses que habíamos pasado ya había entrado alguna vez más en su piso, se parecía mucho al mío.

La puerta del bloque estaba abierta, entré. Llegué hasta la puerta del piso y llamé.

           — Seguro que te volviste a olvidar las llaves, ¿verdad? – Comenzó a decir una chica a medida que me abría la puerta.

La chica borró su sonrisa en el acto al verme en el rellano. Pero aún más me sorprendió a mí aquella aparición.

 

¡Próximo capitulo Mañana MARTES 2 DE DICIEMBRE!

Dani no se había tomado muy bien la noticia. Podía entenderle. Habíamos comenzado a vivir hacía poco juntos y ahora tendríamos que separarnos de nuevo.

Era 24 de diciembre, nochebuena. Las calles de Toledo estaban abarrotadas de gente. La plaza Zocodover y sus calles estrechas estaban iluminadas por la magia de la navidad. Dani y yo habíamos salido a dar un paseo para ver de cerca el ambiente festivo de aquella fecha.

Sentí como Dani no paraba de observarme.

      — ¿Qué pasa? – Pregunté con una sonrisa tímida.

      — Nada, es solo que me encanta mirarte. – Me dijo con una mirada tierna.

      — Vas a sacarme los colores.

       — Es lo que estoy intentando. – Me dijo.

       — Eres imposible. – Dije riendo.

Me gustaba ese lado bromista y tierno que tenía Dani. Hacía que me olvidara de todo lo demás. Era agradable percibir su mano alrededor de mi cintura. Rodeándome con firmeza pero a la vez con dulzura. Una mezcla que conseguía crear una protección en mis sentimientos.

Mi cabeza llegaba a la altura de sus hombros, por lo que la apoyaba a menudo. De pronto se detuvo y me sujetó con suavidad la barbilla, alzándome la mirada para clavarla en sus ojos.

      — Va a ser un comienzo de año muy triste, te vas a llevar la magia de Toledo contigo, porque para mí la magia eres tú. Desde que supiste que te ibas, estás más ausente y seria. Asique por favor Leila, intenta disfrutar de verdad de los días que nos quedan por estar juntos. Permíteme continuar viendo la magia hasta que te vayas. – Me dijo Dani.

Asentí en silencio, me había dejado sin palabras.

        — Prométemelo.

        — Te lo prometo.

Fueron unas navidades inolvidables a su lado. Incluso en ocasiones olvidaba que en unos días ya no estaría ahí.

Llegó fin de año. Nos encontrábamos en casa de mis padres con la familia. Todos preparados para tomar las doce uvas de la suerte. Pero justo antes de comenzar a comerlas, Dani me detuvo.

         — No nos las tomemos. – Me dijo de pronto.

         — ¿Por qué? – Pregunté.

      — Porque si de verdad estamos destinados a tener suerte, esto no lo necesitamos. – Me sujetó una mano con fuerza. – Confiemos juntos en nuestra suerte. – Me dijo sonriendo.

Cada día se me hacía más duro irme a Nueva York. Aquellos últimos días me había llegado a unir mucho más con Dani. Cada día era mejor que el anterior con él.

Pero dos días antes de mi partida, me pilló por sorpresa una pregunta.

          — ¿Él está allí verdad? – Me preguntó Dani.

Yo estaba terminando de preparar el equipaje.

          — Sí. – Dije simplemente.

“¿Por qué todos os empeñáis en hablar de él?”, pensé molesta. Continué haciendo el equipaje simulando no haberle dado importancia.

         — ¿Vas a ir a visitarle?

Respondí con un gran suspiro cansado.

        — No lo sé. ¿Importa eso? – Pregunté.

        — Sí. – Respondió él.

Me detuve durante un momento, después le miré.

        — ¿Qué quieres que te diga Dani? – Le pregunté sin comprender a donde quería llegar con aquella conversación.

Me sujetó la mirada con firmeza.

        — Quiero que me digas que no vas a verle.

No le respondí, desvié la mirada y continué haciendo el equipaje.

      — ¿Quieres que te recuerde cómo estabas cuando te conocí? ¿Quieres que te recuerde que apenas hablabas con nadie y perdiste el apetito?

     — Eso no tiene nada que ver. Si voy a verle será porque es como de la familia. Él… él me considera como una hermana. – Dije con seriedad, aunque sonó poco convincente.

Dani puso cara de sorpresa.

       — ¿Cómo su hermana? – Dijo con una entonación incrédula.

       — Dani, en serio, no tienes de qué preocuparte, confía en mí. – Le dije más calmada para rebajar el ambiente que se había formado entre los dos.

Entonces se acercó hasta mí y me abrazó. Me dio un suave beso en el cabello.

        — Confío en ti. Pero temo perderte. ¿Acaso tener ese sentimiento es malo? – Me susurró al oído.

Me alzó la mirada hasta llegar a la suya.

      — Recuerdo como hace un año te vi por primera vez apoyada en la baranda del puente que cruza el río. Había nevado. La mirada la tenías perdida y triste. Y vi como cogías con la yema de tu dedo una lágrima que en ese momento estabas derramando. Y de pronto la dejaste caer al río. – Me dijo en voz baja, para que solo nosotros dos compartiéramos aquel recuerdo.

Sonreí al rememorar aquel día, apoyé mi cabeza en su pecho.

       — Todavía puedo acordarme lo primero que me dijiste cuando te acercaste a mí. “Con solo una lágrima no vas hacer crecer el río, por lo que no merece la pena que derrames ninguna”. – Dije repitiendo con cariño las palabras que en aquella ocasión me había dicho él.

        — Leila, – me dijo en voz más alta y apartándome un poco para mirarme a la cara. – No sé lo que pasara entre él y tú, pero a mí no puedes engañarme, algo ocurrió para que estuvieras así.

Desvié la mirada para que no pudiera leer en ella.

        — No esquives mi mirada, mírame y escucha por favor. – Me dijo con firmeza.

Lo miré.

       — Lo único que puedo hacer yo es esperar a que vuelvas. – Hubo un fuerte silencio, hasta que volvió a hablar. – No hagas ninguna tontería. – Esta vez, lo había dicho con la mirada llena de miedo.

No lo había dicho como una orden, sino como un deseo.

Por fin llegó el día de mi partida. Mi familia y Dani me acompañaron hasta el aeropuerto para despedirme. No pensé que sería tan duro aquel momento.

María me abrazó con fuerza. De pronto me apartó un poco de los demás y en voz baja me dijo:

       — Ayer recibí un mensaje de Javi desde un número diferente. Me preguntó por todos y especialmente por ti. Después de decirle qué tal estábamos, me dijo que no te contara que había contactado conmigo.

Aquella noticia me descolocó.

         — ¿Entonces por qué me lo cuentas? – Pregunté.

       — Porque pensaba que debías saberlo. Saber que él está bien y que se acuerda de todos, por si quieres ir a visitarle y arreglar lo que haya pasado entre vosotros, sino, te arrepentirás. Él no sabe qué vas. No se lo dije. Por lo que sería una sorpresa. – Me dijo.

        — María, no voy a ir a verle. – Le dije molesta.

        — ¡Leila! Cómo no te des prisa se van a ir sin ti. – Dijo Dani alzando la voz para llamar nuestra atención.

Me acerqué otra vez rápidamente hasta los demás y abracé a Dani para despedirme.

        — ¿De qué hablabais? – Me preguntó.

        — Nada, tonterías de mi hermana. – Le respondí simulando desinterés.

        — Bueno, ahora si es de verdad. Te vas. – Me dijo como si cada palabra que pronunciaba pesara demasiado.

Se acercó hasta mi oído y me susurró.

         — Que no me entere yo que intentas hacer crecer algún río de Nueva York con tus lágrimas.

Sonreí. Le miré a los ojos y le besé.

Una vez montada en el avión los nervios comenzaron a hacerse notar. Lo último que me había comunicado mi hermana no dejaba de rondar en mi cabeza. “Estúpida María, ¿por qué tuviste que decirme algo así?”, pensaba agobiada. El papel donde había escrito la dirección de Javi lo había tirado. Pero había leído tantas veces ese maldito papel, que la dirección aún la tenía fresca en mi memoria. “Dichosa memoria”, pensaba irritada. Cuanto más quieres que algo se te olvide, mejor lo recuerdas.

El viaje en avión parecía que nunca terminaría. Pero al final llegó a Nueva York.

Apenas había salido antes de mi pequeña y cómoda ciudad de Toledo, por lo que mi nueva ciudad me hizo sentir más pequeña de lo que ya era. El tráfico solo podría describirlo como una locura. Aquello parecía un hormiguero de gente. Todo estaba blanco y brillante por la nieve caída de invierno y hacía un frío que cortaba la piel y helaba la sangre. Solamente tardé una hora en llegar hasta mi nuevo piso. Era pequeño pero acogedor. La empresa se había encargado de dar la orden de tenerlo acalorado para cuando llegara, por lo que sentí que era el paraíso al pasar. Me situaba en una zona privilegiada, muy cerca de Central Park. “Y también…muy cerca de donde vivía Javi”, pensé de pronto. ¿Por qué tenía que ser toda nuestra vida igual?

Me senté en el sofá de mi nuevo salón para descansar un poco del viaje. No comenzaba a trabajar hasta el día siguiente. Para distraerme, comencé a deshacer el equipaje y a disponer todo por el piso.

Cuando había terminado, me acerqué a la cocina para ver el panorama. Se echaba en falta utensilios. También cosas imprescindibles para el baño y tenía que ir a comprar comida. Me abrigué bien y salí en busca de tiendas para comprar todo lo necesario.

Recorrí los alrededores para conocer un poco más mi barrio. Y de pronto, después de pasear durante un tiempo, vi que me encontraba en la calle de Javi. Me detuve. Sentí un dilema en mi interior e inconscientemente comencé a andar mientras en mi mente discutía conmigo misma. Hasta que llegué al número de su bloque de pisos. Me acerqué. Mi cuerpo entero estaba temblando, podría decir de excusa que era por el frío, pero estaría mintiendo. Mi corazón se aceleró. Llegué a rozar el timbre, pero no a pulsarlo. Lo pensé mejor. Lo más sensato que podía hacer en aquel momento era irme.

           — ¿Leila?

Escuché la voz de Javi pronunciar mi nombre a mi espalda cuando tan solo había avanzado unos pasos alejándome. Me detuve en el acto. Lentamente me fui girando y ahí estaba, frente a mí.

Próximo Capitulo MAÑANA 1 DE DICIEMBRE

Todos seguimos un camino u otro, el destino siempre nos da a elegir. El problema o la solución es cuál elegimos. En ocasiones te da tiempo a rectificar tu elección. Pero otras veces, por mucho que corras… no llegas a tiempo para rectificar.

     — Lo siento joven pero no puede pasar. – Me decía una azafata.

     — ¡Pero usted no lo entiende! ¡Debo pasar! ¡Tengo que hablar con una persona! – Decía yo desesperada.

   — Entiendo su desesperación, pero ya es tarde, todos los pasajeros han embarcado y el avión está a punto de despegar, si no se tranquiliza tendré que llamar a seguridad. – Me dijo la azafata con más seriedad.

     — Pero…

     — Lo siento. – Dijo la azafata, zanjando el asunto.

No tuve más remedio que resignarme. Tampoco podía llamarle al móvil, con las prisas me había dejado el mío en casa.

Me acerqué hasta una ventana por la que podían verse los aviones en pista. Uno de ellos sería el de Javi. Apoyé mi frente en el cristal. “He llegado tarde”, pensaba una y otra vez. De pronto el sonido de un avión me alertó  que iba a despegar. Supuse que sería el de Javi. Con la mirada rota, vi cómo se alejaba de mí. Sentí como el hilo estrecho que  habíamos formado durante toda nuestra vida, de pronto comenzaba a estirarse, tanto, que no aguantó más y se rompió.

Me acerqué hasta un asiento y me dejé caer en él. El cuerpo me pesaba demasiado para sostenerme en pie. Miré a mí alrededor, me sentí sola y perdida. Una persona diminuta para un mundo que apenas sabía que existía. Cerré los ojos para contener mejor el dolor, pero esta vez no lo conseguí. Las lágrimas brotaron como impulsadas por un imán. Y rodaron por mi rostro una tras otra sin parar.

Los primeros dos meses mantuvimos muy buen contacto. Siempre me llamaba por teléfono cuando tenía un tiempo libre. Pero jamás mencionamos lo de aquel día que se fue, ni el mencionó lo del mensaje en el avión de papel, ni yo que había ido al aeropuerto. Por lo que nuestra relación había continuado igual que siempre, de forma más triste para mí, pero al fin y al cabo, como siempre. Después de los primeros dos meses dejó de llamarme. Intenté localizarlo, pero no conseguía nunca hablar con él ni contactarlo. Por lo que pronto dejé de intentarlo. Y así fue pasando el tiempo, hasta pasar los dos primeros años.

Su familia había ido a verle en un par de ocasiones, pero siempre estaba demasiado ocupado. Él no había vuelto por aquí.

La vida siempre nos pone a prueba. Terminé pensando que esto sería una oportunidad para conseguir olvidar a Javi definitivamente. Por lo que me esforcé para conseguirlo.

Durante ése tiempo aproveché para salir con más gente. También pasé más tiempo con mi hermana María.

Con la marcha de Javi todo había cambiado. Tuve que acostumbrarme a vivir sin su presencia cerca. La buena noticia es que encontré trabajo en mi campo profesional, para lo que había estudiado. Ahora trabajaba para una fuerte empresa de publicidad. Tenía bastante trabajo, por lo que estaba distraída y apenas me quedaba tiempo para pensar en nada más.

Mi vida parecía haber cogido otra vez un ritmo. Y lo que es más importante, un camino.

Me encontraba en mi habitación terminando de empaquetar mis cosas.

      — ¿Se puede? – Escuché decir a María en la entrada de mi cuarto.

      — Pasa.

      — ¿Ya estás terminando de recoger tus cosas? – Me preguntó.

      — Sí. – Dije con un profundo suspiro.

En ese momento encontré uno de los viejos aviones de papel que me enviaba Javi desde su ventana a la mía cuando éramos pequeños. Con el mensaje “Te espero fuera” y un dibujo mal hecho de nosotros dos corriendo cogidos de la mano. Se notaba en el papel el paso del tiempo. El dibujo que estaba hecho con lápiz se había emborronado un poco.

       — ¿Estás segura de lo que haces? – Me dijo mi hermana de pronto, sacándome de mis pensamientos.

María me observaba preocupada. Suspiré de nuevo. Guardé el avión de papel en una de las cajas y le miré sonriendo cuando respondí.

       — Claro que estoy segura. En estos momentos es lo que quiero. – Dije mientras precintaba la caja de cartón para que estuviera bien cerrada. – Además – añadí – no me voy lejos, seguiré aquí en Toledo, solo que en otro piso. – Le volví a sonreír.

       — ¿Has vuelto a saber algo de él? – Me preguntó María sin esperármelo.

La sonrisa que tenía se borró.

       — Dije sin añadir nada más.

Continué guardando objetos en las cajas.

       — ¿No te parece raro? – Preguntó María insistiendo en el tema.

      — Fue él, el que decidió dejar de tener contacto. Sus razones tendrá. Además, a mí ya no tiene que importarme. – Dije de manera indiferente.

María me observaba como si estuviera viendo a una persona desconocida.

        — ¿Pasó algo entre tú y Javi? – Preguntó entonces.

Por un segundo me quedé quieta, sentí como si me hubiera pinchado en la herida que intentaba mantener oculta en algún lugar de mi corazón. Pero rápidamente me repuse y continué con lo que estaba haciendo.

        — No entiendo a qué viene esa pregunta. – Dije intentando disimular.

      — Lo que yo no entiendo, es que porque ahora tengas pareja y te vayas a vivir con él, tengan que serte indiferente personas que han estado siempre en tu vida. Javi es como de la familia, ¿cómo puede darte igual? – Me dijo María de mal humor.

Sabía que mi hermana no tenía la culpa, ella no sabía nada. Pero comenzaba a molestarme continuar hablando de aquel tema.

        — Hazme un favor y deja de hablarme de Javi. – Dije sin querer mirarle.

        — Has cambiado, antes no eras así.

Clavé mi mirada en ella.

        — Entonces vete acostumbrando.

En ese momento María salió de mi habitación y no añadió nada más.

Otra noche había caído. Estaba sentada en el alféizar de la ventana como hacía a menudo, observando el cielo. Por un segundo mi mirada se quedó fija en la habitación donde había estado Javi hasta hacía dos años. Me acerqué hasta una de las cajas y busqué el avión de papel. Volví a sentarme en el alféizar. Había luna llena. Su luz iluminó el dibujo del avión de papel. Lentamente fui rompiéndolo, hasta que nuestras manos del dibujo se separaron. Dejé que la brisa de aquella noche se llevara los dos trozos de papel. Continué mirando la luna. “Adiós Javi”, susurré al silencio de la noche. Y por primera vez, me despedí de él definitivamente. Con aquellos dos trozos de papel viejo solté mis sentimientos, para que se fueran volando también, a algún lugar, donde no pudieran sentir nunca más dolor. Cerré los ojos para apreciar cómo la brisa fría de otoño calmaba mi interior en aquel instante.

Mi nuevo piso, mi nuevo hogar. Era más difícil de lo que había imaginado. La vista desde la ventana de mi habitación ahora era muy distinta. Abrí todas las ventanas para que entrara el aire. Era luminoso y espacioso. Muy moderno y minimalista.

         — No has traído demasiadas cosas. – Me dijo Dani, que en ese momento entraba cargado con dos cajas apiladas una encima de otra.

         — Ten cuidado, que no se caigan. – Le dije con una sonrisa. – No tenía demasiadas cosas. También aproveché para tirar lo que no me servía. – Le expliqué.

Dani colocó las cajas con cuidado sobre el suelo y se acercó a mí. Me dio un suave beso en los labios y sujetó mi rostro con su mano con sumo cariño.

         — Me alegra que te decidieras a venirte a vivir conmigo –. Me dijo mirándome con gran profundidad –. Te ha crecido mucho el pelo. – Dijo de pronto, cogiéndome un mechón.

Siempre lo había tenido de largo hasta los hombros, pero lo había dejado crecer hasta llegarme a la cintura. Ahora toda mi espalda la recorría una melena de color miel. Mis labios delgados y rojos dibujaron una sonrisa. Observé los ojos verdes de Dani, su mentón marcado, su labio superior delgado junto con su inferior grueso y su pelo corto y negro. Acaricié su rostro, que estaba tan suave como el terciopelo, supe que estaba recién afeitado. Él me sonrió dejando ver su dentadura blanca e impecable. Aquella sonrisa me recordó a la de Javi. Por un momento lo vi a él frente a mí en lugar de a Dani. Mi mano se separó confusa de su rostro.

         — ¿Qué ocurre? – Preguntó Dani, su sonrisa se había desvanecido y junto a ella el reflejo de Javi.

         — Dije –. Abrázame fuerte. – Le pedí.

Dani me abrazó con fuerza. Necesitaba sentirlo, todo lo cerca que pudiera, para olvidar el momento de hacía un instante.

Y el tiempo continuó pasando, hasta llegar al frío invierno.

Aquella mañana del 22 de diciembre llegué al trabajo con fuerza. Me sentía feliz. Los primeros meses de convivencia con Dani habían estado bien. Apenas habíamos discutido y nuestra relación parecía fortalecerse por momentos. Mi vida comenzaba a estabilizarse. Pero aquella mañana mi jefe me llamó a su despacho.

         — ¿Quería verme? – Pregunté al pasar.

       — Sí, por favor siéntate –. Me dijo ofreciéndome asiento –. He observado tu trayectoria aquí y he de decir que eres una de nuestras mejores diseñadoras. Como sabrás, nuestra empresa es internacional.

Yo asentí en silencio escuchando atentamente.

      — Ha quedado una vacante libre para una de nuestras sedes fuera del país. En tu formulario decías que no tenías inconveniente en viajar fuera de España, ¿no es así? – Me preguntó.

        — Sí, así es. – Respondí.

        — He decidido trasladarte, dado que eres uno de nuestros mejores trabajadores aquí.

        — ¿Trasladarme? ¿A dónde? – Pregunté con rapidez.

        — A Nueva York.

Aquella respuesta me atravesó el alma.

       — ¿Cómo ha dicho? – Volví a preguntar para asegurarme de haber escuchado correctamente.

       — Te trasladarás a Nueva York.

       — ¿Tiene que ser ahí? – Pregunté esperanzada.

       — ¿Qué pasa? ¿No es de tu agrado? – Preguntó el jefe confuso. – Creí que te alegraría. Ésta es una oportunidad que no se le da todos los días a cualquiera. Es tu recompensa por todo el esfuerzo que pones día a día en tu trabajo. Por supuesto el sueldo será mayor y los gastos del viaje correrán a cargo de la empresa.

       — Verá es que… – Pero el jefe no me dejó continuar hablando.

       — No estarás mezclando lo personal con lo profesional, ¿verdad? – Me miró buscando la respuesta en mis ojos.

Desvié la mirada.

        — Nunca debes dejar que lo personal te detenga en tu vida laboral.

        — ¿Para cuánto tiempo sería? – Pregunté.

        — Para dos años.

En esta vida solo hay dos opciones, o ser valiente y continuar avanzando, o ser cobarde y quedarte atrás. Acepté el traslado a Nueva York. Lo difícil sería ahora comunicárselo a Dani. Tenía que irme en dos semanas. Un tiempo demasiado corto. Al menos, podría pasar la navidad a su lado.

Como siempre había ocurrido, la vida volvía a querer juntar el camino de Javi con el mío. En los dos meses que habíamos mantenido contacto me dijo su dirección de Nueva York.

¿Sería capaz de soportar la tentación de ir a verle? Daba miedo averiguar la respuesta a esa pregunta. Pero aún daba más miedo averiguar las respuestas a las preguntas que vendrían después.

¡¡Próximo Capitulo Mañana!!

Javi se iba. Se iba de verdad. Estaba claro que mi vida iba a cambiar, pero de una manera que no había previsto. ¿Cómo podría seguir mi mundo como siempre? ¿Sin la presencia de él?

Recordé mi reacción de la noche pasada.

              —¿Te vas? ¿Cuándo? – Le había preguntado después de darme la noticia.

              —En una semana. – Me había respondido él.

Recordé como me había mirado. Por un segundo llegué a ver en sus ojos lo sólo que se iba a sentir, al igual que yo.

             —Una semana… que pronto. – Había dicho entonces con voz apagada, pensando en la respuesta que me había dado.

No fui capaz de mirarle en todo el tiempo. Mi mirada se quedó fija en los reflejos que proyectaba el agua del rio de una ciudad que a partir de ese momento me resultaría menos mágica.

Después de la noticia, me trajo enseguida a casa. Hacía frío, y para ser sincera, no era capaz de mantener una conversación. Mi mente aún estaba asimilando en ese momento la nueva noticia.

Aquella noche hubo una despedida fría y distante.

De nuevo con ojeras. No había podido dormir en toda la noche. Desde mi ventana podía ver la suya.

Cuando éramos pequeños, siempre dejaba mi ventana abierta. Javi me escribía mensajes en un papel, formaba un avión con él y lo hacía volar hasta mi habitación. Siempre era el mismo mensaje.

“Te espero fuera”

Sonreí con nostalgia al recordar aquellos tiempos en los que pensaba que siempre estaría a mi lado. Sin darme cuenta noté la almohada húmeda, mi rostro también, estaba llorando. Unas lágrimas limpias y silenciosas brotaban de mis ojos tristes.

De pronto me di cuenta que ya no me vendría a recoger más para ir juntos al trabajo. Ni vería más la luz de su habitación frente a mi ventana.

Cómo es la vida. Lo que tanto se había empeñado por mantener a mi lado, ahora, en un soplo, lo apartaba de mí.

¿Y qué podía hacer yo? Ya era tarde para expresarle lo que sentía, eso solo complicaría más las cosas. No, tenía que dejarle marchar. Un proyecto así había sido su sueño desde que terminó la carrera. Él lo estaba logrando. Sin embargo yo, que había estudiado diseño gráfico, me encontraba trabajando para una compañía telefónica. ¿Conseguiría yo también alguna vez crecer en mi campo profesional como lo estaba haciendo él? Tantos pensamientos me asaltaban que temía que explotara mi cabeza.

Una semana… En una semana, todo cambiaría, de hecho, ya había cambiado.

Pensé que durante la última semana pasaría más tiempo con Javi. Pero tenía demasiado que preparar para el viaje, por lo que apenas le quedaba tiempo para nada más.

Había sido realmente solitario ir al trabajo sin él. El camino parecía más largo y las calles más apagadas.

A mitad de semana antes de ir al trabajo, el timbre sonó.

—¿Le gustaría a alguien que le llevara al trabajo hoy? – Fue lo primero que dijo Javi cuando abrí la puerta y lo encontré tras ella con una gran sonrisa.

Mi mundo se iluminó.

              —Has venido demasiado temprano, aún falta una hora para que empiece a trabajar. – Comencé a decir a medida que pasaba dentro y Javi me seguía a mi espalda. – Qué, ¿ya te has olvidado de la hora a la que voy a trabajar? ¿Tanta preparación para el viaje te hace perder la memoria? – Le dije con una sonrisa bromeando.

Me dirigí a la cocina a terminar de desayunar.

El corazón se me había acelerado aunque lo intentara disimular. No había vuelto a ver a Javi desde aquella noche.

              —No he olvidado a qué hora trabajas. – Me respondió riendo. – Es solo que como no tengo mucho tiempo libre, he querido venir antes para pasar un tiempo más contigo. – Dijo mientras se sentaba frente a mí.

Clavó sus ojos en los míos negros. Tuve que desviar la mirada porque me había olvidado de respirar. Pero sonreí, me hacía feliz escuchar aquello.

              —Llevabas tres días sin aparecer. – Dije de pronto más seria de lo que pretendía.

—Hay que hacer demasiados trámites y rellenar demasiados documentos. No todos los días se va alguien para vivir cuatro años a otro país.

—¿Qué? – Dije alzando la mirada de pronto y clavándola en él.

El silencio cayó sobre nosotros como una losa gigantesca de mármol. Aquella noche me había dicho que se iba, pero en ningún momento había comentado para cuánto tiempo. Y cómo es lógico, ese dato me pilló por sorpresa y me impactó mucho más. Mi corazón, que ya casi estaba roto, terminó por hacerse mil añicos.

              —¿Tanto tiempo vas a tardar en ese proyecto? – Pregunté entonces con voz apagada.

            —Me han ofrecido un contrato de cuatro años para quedarme allí a trabajar para una empresa de arquitectura. No te lo dije antes porque este contrato me lo ofrecieron ayer. Y he aceptado.

Un silencio intenso nos envolvió.

              —¿No te alegras por mí? – Preguntó él.

Tenía que ser fuerte, era una gran oportunidad para Javi. Tenía que ver que me sentía feliz por él.

             —¿Estás bromeando? ¿Cómo no voy a alegrarme? Es una noticia fantástica. – Dije conteniendo todo lo que sentía en realidad en la boca del estómago.

Javi sonrió al escucharme.

            —Pero… – comencé a decir con timidez y tristeza –. Te echaré de menos.

De pronto Javi se levantó y se colocó a mi lado. Puso sobre mi cabello su mano, acariciándolo como siempre hacía.

           —¿Y crees que yo no? – Dijo él. – Siento que voy a dejar dos familias atrás en lugar de una. María y tú sois como mis hermanas. Ya sabes que yo soy hijo único. Haberos tenido tan cerca todos estos años ha sido lo mejor que me ha podido pasar. – Terminó diciendo.

“Como sus hermanas…” pensé. Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente como un tatuaje.

          —¡Javi! – Se escuchó decir a mi hermana que había aparecido en aquel momento.

          —¡María! Cuanto tiempo sin verte.

Javi se acercó rápidamente y le dio un fuerte abrazo.

          —Normal, solo te gusta pasar tiempo con Leila. – Dijo ella quejándose.

         —Eso no es cierto, y para que veas que no es mentira, os invito a las dos éste sábado a pasar el día juntos. – Dijo Javi.

Me alegró la invitación, pero hubiera preferido que hubiéramos estado solos. Pero comprendía que aunque para mi hermana no fuera igual de especial que para mí, también lo había llegado a querer. Por lo que en estos momentos no se podía ser egoísta.

El sábado llegó. Lo estaba esperando con impaciencia. Ya que habían pasado otros dos días sin verlo. Pronto llegaría el lunes, un día que deseaba que no llegara nunca, pero la vida es así y lo único que no se puede detener es el tiempo.

No quise que aquel día se estropeara por mis sentimientos. Por lo que los escondí todos y por un momento los olvidé. Disfruté del sábado junto a Javi y mi hermana.

Y como siempre pasa, el tiempo pasó demasiado rápido. Fue un día increíble. Reímos y hablamos sin parar. Recordando viejos recuerdos de cuando éramos niños. Yo observaba a Javi sin poder apartar la mirada. Para grabar cada expresión de su rostro en mi memoria, para no olvidarla nunca.

Cuando llegó la noche, nos dejó en nuestra casa.

De nuevo en mi cuarto. Me dejé caer sobre la cama. Había sido un día agotador. Me acerqué a abrir la ventana para que entrara el aire. Volví a sentarme en la cama. No quería pensar, no quería que nada doloroso apareciera en mis pensamientos. No quería sentir dolor.

Entonces, un avión de papel apareció entrando por mi ventana. Lo cogí. En una de sus alas decía:

“Te espero fuera”

Rápidamente cogí mi bolso y salí. Javi ya estaba en la calle esperándome. Sabía a donde me llevaría, al lugar donde vi la magia por primera vez con ocho años. Al lugar donde me dio la noticia.

De nuevo sentados sobre las almenas de la muralla de Toledo. Era una noche despejada. Podían vislumbrarse millones de estrellas. El frío salía de nuestras bocas al respirar, que podía verse por el vaho blanco creándole un cuerpo.

           —Quería pasar un tiempo más contigo a solas, antes de marcharme. Mañana tendré el día entero ocupado. Y el lunes tengo que irme temprano al aeropuerto de Madrid. – Dijo Javi rompiendo el silencio.

           —¿A qué hora sale tu avión? – Pregunté.

           —A las nueve de la mañana.

          —No podré ir a despedirte al aeropuerto. – Dije.

No poder ir a despedirme de él era triste y doloroso, pero también un alivio. No podría soportar verle subir al avión y sentir como se iba alejando de mí.

          —Dije de pronto mientras miraba el cielo.

          —¿El qué asusta? – Preguntó Javi.

          —Sabes que te vas para cuatro años, pero asusta no saber qué es lo que puede pasar en ese tiempo. – Respondí.

          —Llevas razón. – Dijo Javi. – Pero ese es el misterio de la vida ¿no? El no saber qué va a pasar en el día de mañana.

          —Pero hay cosas que sí se saben. El lunes yo sé lo que va a pasar. – Dije agachando la mirada.

Javi me observó unos segundos. Después desvió también la suya hacia el río, pero no dijo nada, se quedó en silencio.

Cuando los dedos de las manos comenzaban a entumecerse, decidimos volver a nuestras casas. Pero antes de llegar a entrar en mi casa, Javi me hizo una pregunta inesperada.

          —Me llamó, me giré para mirarle. – ¿Tú quieres que me vaya?

Aquella pregunta me pilló por sorpresa.

          —¿A qué viene ahora esa pregunta? – Pregunté confusa.

          —Sólo responde, sí o no. – Me insistió.

No sabía que decir, claro que no quería que se fuera, pero estaría siendo egoísta. No podía decirle que no. Quería que se fuera tranquilo, sin nada de qué  preocuparse. Por lo que elegí la respuesta que creí que sería correcta.

         —Claro que quiero que te vayas, te echaré de menos, pero es algo normal, ¿no? Quiero que seas feliz y es una gran oportunidad, seguro que todo sale bien. – Le dije sonriendo.

El esfuerzo que hice al pronunciar esas palabras jamás podría volver a repetirlo.

         —Me alegra saberlo. – Dijo él simplemente, se acercó hasta mí y me abrazó. – Qué te vaya todo bien. – Me susurró al oído.

No pude aguantarlo y le abracé con fuerza. Pero no tenía que llorar. Conseguí aguantar mis lágrimas, aunque no pude soportar que se me empañaran los ojos. Rápidamente  los sequé, antes de que nos separáramos.

       —Volveremos a vernos Leila. – Me dijo antes de verle desaparecer tras la puerta de su casa.

Aquella noche no dormí hasta que no vi la luz de su habitación desde mi ventana apagarse, al igual que le estaba pasando a mi corazón.

Y como el tiempo no se detiene, llegó la mañana del lunes. La noche del sábado y del domingo apenas pegué ojo. Las horas de cansancio se acumulaban en mi cuerpo. Muy pronto parecería un zombi.

Cuando desperté el lunes por la mañana, lo primero que hice fue mirar el reloj. Eran las ocho de la mañana. Su avión saldría pronto. Estaba congelada. Me había quedado dormida con la ventana abierta. Me acerqué a cerrarla y sentí que había pisado algo. Miré hacia el suelo y era un avión de papel. En una de sus alas decía:

“Me hubiera quedado si me hubieras dicho que no querías que me fuera”

Mis manos comenzaron a temblar. No podía ser, no podía ser cierto. Tenía que ser un sueño, tenía que serlo. Sin pararme a pensar, comencé a vestirme rápidamente. Y como una loca, salí disparada en busca de un taxi, aunque me gastara una exageración de dinero. Tenía que llegar al aeropuerto. “Por favor, espérame”, pensé con esperanzas.

Mañana Próximo capitulo de LLEGAR HASTA TI

El día se había levantado gris, junto con mi rostro ojeroso, muestras de no haber dormido en toda la noche. Cuando me vi en el espejo lo primero que pensé fue, “¿realmente merecen la pena estas cosas?”, cuando más hermosa tienes que estar, es cuando más fea te pones. En el fondo si lo pensaba, estas situaciones solo provocaban un desequilibrio en mí. Muchas veces meditándolo de otro modo, puede que fuera mejor seguir mi vida como hasta ahora, al menos dormía toda la noche. A nadie le sienta bien no dormir, y si a alguien le pasara lo contrario me gustaría conocerle.

Los sábados libro en el trabajo, lo que significaba que no vería a Javi hasta la noche. Ese hecho provocaba la sensación de que el día tenía más horas de lo normal.

Mi hermana María apareció por la entrada de mi habitación. Es dos años más pequeña que yo, pero siempre ha tenido el temperamento de un adulto. La admiraba demasiado, tanto, que me alegraba el día solo con verle aparecer, por muy gris que estuviera el cielo, solo con verla, de pronto parecía haber despertado un sol de verano.

     — ¿Quieres que salgamos esta noche? — Me preguntó mi hermana. — Sé que no hace un día muy bueno, pero para estar dentro de un local no hace falta que haga buena noche. – Dijo sonriendo.

El corazón me dio un vuelco al recordar por qué no podría hacer planes con nadie para la noche.

     —No puedo, ya he quedado. — Dije sin querer mirarla, mis ojos son los mayores delatadores de mi vida.

     — ¿Es mi imaginación o te estás poniendo colorada? — Me preguntó mi hermana entre risas.

     — Dije tapándome el rostro con un cojín que había sobre la cama.

Escuché sus pasos acercarse y como la cama parecía bajar un poco de nivel al sentarse ella sobre el colchón.

     —¿Por qué te avergüenzas? Sabes que puedes contármelo. — Me dijo de forma confidente.

Por extraño que pueda parecer, el tema de Javi jamás se lo había contado a nadie, tampoco a María. Siempre había sido reservada. Los sentimientos que yo tuviera hacia otra persona solo debería saberlos yo o en este caso, también Javi, antes que él nadie más. Supongo que pienso que contar algo tan íntimo a otras personas puede generar conflictos en tu interior.

En aquel momento estuve tentada por contárselo a María, pero no, Javi tenía que ser el primero.

      —He quedado esta noche con Javi, ya sabes, a veces salimos juntos. – Dije intentando simular que era algo sin importancia.

     —¡Ah! Es con Javi. Entonces no me asustes así, creí que tendrías alguna cita con algún chico. — Dijo a medida que se incorporaba de la cama.

La seguí con la mirada cómo salía de mi habitación. Incluso María veía imposible que hubiera algo entre nosotros. En aquellos momentos me sentí patética.

Cerré los ojos un momento para relajarme. Entonces escuché la lluvia caer sobre las calles empedradas de Toledo. Me acerqué a la ventana. La mañana había transcurrido tranquila en mi casa. Para ser sincera no había hecho nada de nada, lo que se dice una mañana bien aprovechada. Pero no me importaba, lo primordial ahora era mejorar éste rostro pálido y ojeroso.

Jamás había probado lo de las mascarillas para la cara. ¿Funcionaría bien? Ya que aún quedaban unas horas para que Javi me recogiera, decidí probar.

Con lo fácil que hubiera sido darme un poco anti-ojeras. Pero no, tenía que probar la dichosa mascarilla. Quería morirme en ese instante. Me encontraba frente al espejo, después de haberme quitado la mascarilla. Mi cara se había llenado de manchas rojas, ¿qué diablos había pasado? Faltaba una hora para que Javi llegara. Y, lo que durante todo el día había parecido que las horas se habían multiplicado, ahora, ésta última hora, parecía que se reducía a toda velocidad. Una hora de caos en mi casa, corriendo de un lado a otro. Llamando a todas las amigas que se me pasaron por la cabeza para que me aconsejaran qué hacer. Finalmente, después de pasar los momentos más frustrantes, desesperantes y estresantes de mi vida, salí de mi casa a toda mecha a comprar un maquillaje que pudiera tapar aquel estropicio. Faltaban quince minutos, pero lo conseguí. Para cuando llegó Javi ya estaba lista. Se notaba el maquillaje, pero tampoco demasiado.

        —Tan puntual como siempre. — Me dijo Javi con una sonrisa radiante.

Nos pusimos a pasear, aunque él dirigía mis pasos hacia algún lugar determinado. Mi corazón latía como cien mil locomotoras, “¿podría escucharlo?” pensé, y ante esa posibilidad mi cuerpo se tensó.

       —¿Estás más morena? — Me preguntó.

Seguramente me ruboricé, aunque con suerte con el maquillaje no se notaría.

       — Dije simplemente, no era capaz de decir nada más.

       —¿Nerviosa por ver a dónde a dónde vamos? — Preguntó Javi.

Era consciente que el ambiente estaba más tenso entre nosotros, claramente, por mi culpa, no actuaba con naturalidad. No era raro que quedáramos, sabía que tenía que estar más relajada, pero aquella vez, parecía distinta a todas las demás, por algún motivo mi corazón podía percibirlo. Noté como él quería bajar esa tensión que mi cuerpo emanaba.

       —Sí un poco nerviosa. Aunque… no sé si debería preocuparme que me pidieras quedar hoy. — Dije de pronto, sin esperármelo ni yo.

Javi comenzó a reírse.

      —Leila, relájate por favor, conmigo ya no deberías sentir nervios.

Hubo un breve silencio.

      —Pero… — comenzó a decir Jone —, no sé qué decirte a lo de sí quedar hoy sea algo para preocuparse.

En ese momento no estaba riendo, tampoco lo dijo de broma, me preocupé.

Estuvimos andando tranquilamente como si en el fondo él no quisiera llegar nunca al lugar donde pensaba llevarme. Hasta que llegamos a una parte de la muralla donde podías estar sentado en sus almenas. Desde ahí tenías una vista al río. Era una zona tranquila. Las luces de Toledo se reflejaban en el agua, creando un ambiente mágico y especial que solo nos pertenecía en aquel momento a nosotros dos.

Nos sentamos. Podía llegar a escuchar el sonido relajante del agua paseando a lo largo del río. El olor a lluvia inundaba el ambiente. Un frescor nocturno y agradable llenaba nuestro interior al respirarlo, haciéndonos de sentir que nuestros pulmones rejuvenecían unos años.

       —Que suerte que parara de llover. — Dijo Javi rompiendo el silencio de la noche.

Estuvimos hablando durante mucho tiempo, tanto, que mis manos comenzaban a entumecerse por el frío.

Hablamos de temas triviales, reímos… y sin darme cuenta, la tensión que había contenido hacía unos momentos, de pronto, había desaparecido.

        —¿Recuerdas haber venido antes a este lugar? — Me preguntó.

Pensé durante unos momentos.

        —No.

        —Te traje aquí una vez, cuando éramos pequeños.

De pronto lo recordé.

        —¡Sí! ¡Cierto! Recuerdo que nos escapábamos de casa y nos veníamos aquí. Siempre te decía que quería que me mostraras la magia. Me sujetabas la mano y me llevabas corriendo contigo. A este lugar —. Recordé con cariño —. Porque el cielo se veía repleto de estrellas y a la vez, el agua reflejaba la magia de la noche de Toledo.

        —Recuerdo la cara que pusiste la primera vez que te traje. Tan solo una niña de ocho años. Abrías mucho tus ojos grandes con ese negro profundo que te caracterizan. Toda la magia que tú veías, podía verse en tus ojos, como si la estuvieras proyectando tú. — Me dijo con una sonrisa llena de ternura.

Después hubo un silencio realmente largo y de pronto incómodo. Sin saber por qué el ambiente cambió con un simple soplo de viento.

        —No te he traído aquí solo para hablar del pasado. Sino para hablar del futuro. — Dijo Javi después un silencio que me pareció eterno.

Otra vez la tensión surgió. El corazón se perdió de su ritmo normal y parecía no ser capaz de recuperarlo.

      —¿Y qué es lo que me quieres decir? — Pregunté al fin.

      —Llevamos mucho tiempo uno al lado del otro, siempre juntos —, comenzó diciendo — quería que fueras la primera en saberlo. Eres de las personas más íntimas y cercanas a mí.

Contuve la respiración, por un segundo creí que me asfixiaría.

      —Me voy de España, me han ofrecido un proyecto de arquitectura para un edificio de Nueva York.

Mi corazón se detuvo y mi mente se quedó en blanco.