Diario de un Corazón Muerto (Parte X)

Publicado: 10 abril, 2016 en El Diario de un Corazón Muerto
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05/07/2009, Reflejos

Han pasado ya diez días desde que decidí llamar a Julio. El viento me ha querido arrastrar fuerte el corazón. Por fin he podido ver algo más de luz. Los latidos no me han desaparecido ni un solo día y he visto su reflejo en todas partes: el reflejo de Mario.

Llamé a Julio, sí. Al principio no sabía quién era, pues solo nos habíamos visto una vez, como recordarás, diario. Mi voz temblaba, mis manos dudaban y mi mente estaba llena de dudas, dudas por mirar hacia el futuro y ver todo muy incierto. Dudas de si estaba haciendo lo correcto, si era el paso adecuado, si era la persona decisiva…. Tantas dudas que me hacían temblar de arriba abajo pero a la vez… creaban una emoción en mi interior, una emoción que me había desaparecido hacía meses. El sol volvía a ser más reluciente ahora. Cuando le dije mi nombre… pude sentir una sonrisa al otro lado del teléfono, aunque obtuve un silencio al principio, supe, que lo que estaba ocurriendo es que él había sonreído y yo sonreí también. Lo primero que dijo me sorprendió, me dio las gracias, pues desde que me había conocido había soñado cada noche con la misma estrella.Los colores me salieron y me propuso que nos viéramos. Tenía unos días libres y no le importaba venir a verme a la ciudad. Vivía a dos horas en coche.

Quedamos, tan solo lo sabíamos él y yo. Aún continuaba ocultándoselo a las  personas que me habían intentado ayudar. Lo siento mucho, perdonadme que os lo oculte, pero por una vez en meses me sentía viva y dueña de mi corazón, de mis emociones. Yo las contralaba, las guiaba por mis propios sentimientos, yo misma andaba sola. ¿Aquello no significaba un gran avance? Al fin y al cabo, tarde o temprano tendría que volver a caminar sola.

Pero… los primeros días que quedamos… el reflejo de Mario lo veía por todas partes. Al pasar por delante de un escaparate, en el agua de una fuente… en el cristal de una puerta. Me miraba triste, como si echara de menos estar vivo para poder cogerme de nuevo de la mano y caminar junto a mí.

Julio hablaba, me preguntaba, se interesaba por mí. Me hacía reír y disfrutar. Pero los reflejos persistían y aquello me inquietaba… ¿realmente era Mario que estaba triste? ¿O era mi corazón el que sentía la desazón de que no pudiera ser con él aquellos días? Cada rincón de aquella ciudad me recordaba a él. El escaparate en el que lo detenía siempre para mirar los vestidos de novia… con el que soñaba que algún día caminaría hacia un altar en el que me esperara Mario. La fuente de la plaza en la que la gente lanzaba monedas para pedir deseos… cada mes íbamos y le pedíamos un deseo a la fuente: el mío era envejecer a su lado. Las puertas de cristales de muchas de las cafeterías a las que habíamos ido a tomar café por las mañanas para desayunar, donde habíamos hablado de nuestros deseos, de nuestros planes de futuro, de todo… pero aquellos reflejos, conforme avanzaba al lado de Julio… iban desintegrándose como arena del desierto. Nada es para siempre.

Querido diario, debo hacer entender a mi corazón que Mario jamás volverá, que Mario se fue para siempre y es lo único que continuará siendo así.

Pero Julio está aquí… ha hecho removerse un poco a mi corazón y puede que si dejo pasar la oportunidad se aleje. Por lo que cuando nos despedimos dijo de volver en una semana a verme y yo… acepté.

Cuando volvía de nuevo a mi casa sola, miré hacia un escaparate y ahí estaba de nuevo, el rostro triste de Mario: el reflejo de mi corazón. Entonces me acerqué y apoyé mi frente en la suya y sonreí. En voz baja le dije: tú ya no estás, ya no estás; y me dijiste que siempre luchara (las lágrimas se mezclaron con mi sonrisa en ese momento) y eso haré, lucharé todo lo que pueda para que si me puedes ver en algún lugar no sufras por mí.

Recuerdo que separé mi frente del cristal y vi sus ojos llenos de lágrimas. Las manos de Mario se pegaron al cristal y pegué las mías para intentar sentir las de él y le volví a decir: siempre serás el recuerdo que me de la fuerza para no decaer en la soledad y oscuridad.

Me alejé del cristal y el reflejo de él desapareció, había comprendido que sus recuerdos no debían de ser mi debilidad, sino mi fuerza.

Querido diario, ahora Mario es mi fuerza y Julio mi posible futuro. ¿Conseguiré que sea así?

Te escribiré pronto.

Te dejo esta frase:

“Navegando entre la debilidad encontré la fuerza y huyendo del pasado tropecé con mi posible futuro.”

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