(Parte 3) La Última Canción

Publicado: 29 octubre, 2015 en La Última Canción
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Después de aquel día, Carlos ya no fue más un fantasma para Denis. Por primera vez existía para su mirada, para su sonrisa, y tal vez se atrevería a decir que incluso para sus pensamientos. La casa a la que servía se encontraba enfrente de la de ella. Por lo que sus caminos se cruzaban a menudo. Y además, visitaba el establo… siempre iba para ver a los caballos, en especial a Raudo, se había encariñado con él y estaba intentado convencer a sus padres para que se lo quedaran. Aunque más bien en el fondo parecía todo una excusa para poder pasar un momento al lado de Carlos.

«El marinero se acercó a la dama, y con el corazón en el puño le dijo: si quisieras pasar el resto de tu vida conmigo, robaría al tiempo los recuerdos, para incluso después de morir, asegurarme de que permanecieran a mi lado» le recitó Carlos a Denis.

«¿Enserio el señor Cervigón escribió algo así?» preguntó ella.

«Sí, yo también quedé un poco impresionado. Pero está hecho un romántico. Parece muy estirado y frío, pero no lo es, desde que murió su esposa, se pasa las noches y los días encerrado en su estudio escribiendo. A veces pienso que se ha vuelto loco. Un día que pasé a dejarle una taza de té, me detuvo antes de irme y me dijo: Carlos, ¿cuántos años llevas trabajando en esta casa? Y yo le respondí: cuatro años señor. Puso una expresión de asombro y sin mirarme dijo: no olvides guardar tus recuerdos bien antes de irte a dormir» relató Carlos.

«Siempre deberíamos asegurarnos de guardar nuestros recuerdos bien antes de irnos a dormir» dijo Denis.

Los dos se miraron. Cada día que pasaba sus corazones estaban más cerca, sus pensamientos más unidos y sus destinos… más separados.

«Debo irme o mi padre se enfadará conmigo, no le gusta demasiado que venga tanto al establo» dijo Denis levantándose de entre la paja del suelo. «Por cierto, mis padre ha aceptado quedarse a Raudo» Dijo al final con una sonrisa.

Carlos sabía que no le agradaba a sus padres. Denis no se preocupaba en aparentar. Siempre que se lo cruzaba, siempre que lo veía a lo lejos, siempre… encontraba cualquier excusa para hablar con él, para acercarse. Su cercanía, sus palabras, denotaban un deseo que Carlos había anhelado desde hacía años. Pero él pertenecía a una clase más baja de la sociedad, un escalón fuera del alcance del estatus de Denis. Pero ella parecía estar desafiando a toda su familia, a todo su estatus, no le importaba, hasta que llegara el día… que no pudiera seguir comportándose sin discreción.

Aquella tarde Denis había llegado corriendo al establo, había agarrado a Carlos de la muñeca y se lo había llevado directo al granero. Le había pedido por favor que no hablara, que no pronunciara palabra. Pues su padre la estaba buscando furioso. Ella le temía. Por fin su padre se marchó. Carlos sintió como la presión en su muñeca disminuía, la mano de Denis se soltaba.

«Gracias Carlos. No podría haber soportado pasar este momento sola» dijo Denis.

«No deberías permitir que te persiga así por el pueblo. Parecía peligroso…» pero Denis no le dejó terminar de hablar. Sus labios se fundieron con los de él.

Carlos, sorprendido, la apartó durante unos segundos y le miró a los ojos. Rebosaban de pasión, de miedo y de calor. Se besaron, se abrazaron, sin llegar a pasar nada más lejano que el rozar de sus labios. El silencio los abrazó a los dos hasta que se hizo de noche y Denis tuvo que volver a su casa. Después de aquel día, en el que pudo saborear sus labios, pudo abrazarla, pudo acariciarle el sedoso cabello y por un momento mecerla sobre sus miedos, cada vez aparecía menos, cada vez la veía con menos frecuencia. Él siempre le preguntaba por qué tardaba tantos días en aparecer, y la respuesta de ella siempre era la misma: he estado ocupada. Continuaban en los pocos momentos que ya se veían con besos furtivos, abrazos clandestinos y en llenar con el silencio los pocos minutos que tenían para ellos dos. Pero Denis jamás estaba dispuesta a hablar, a ser sincera. Hasta que muy pronto, dejó de aparecer.

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