(Capitulo 11) La Vista Imaginaria

Publicado: 4 julio, 2015 en La Vista Imaginaria
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(Dale a los vídeos que hay durante el capítulo, para que te envuelvan aún más en él…)

Habían sido días muy felices junto a Marcus. Demasiado. Pero aquellos días se habían ahora enturbiado. Alejado de nosotros, pues Marcus llevaba semanas actuando de forma extraña. Y donde antes en su mirada perdida podía verse luz, ahora veía tan solo un leve y frágil parpadeo, apenas una chispa. Su luz se iba extinguiendo como las ascuas de un fuego a punto de ahogarse por completo. Lo que antes los días habían parecido más ligeros, ahora se habían vuelto pesados, demasiado como para sostenerlos por mucho más tiempo.

                Las risas se iban mitigando en una leve sonrisa. Cada día parecía agotarlo más que el anterior, pues últimamente lo encontraba muy cansado. Su sueño parecía perturbado por pesadillas, amenazado para que no pudiera volver a dormir. Yo quería acariciar sus sueños y calmar sus pesadillas y ahuyentar a las amenazas que pudieran provocar su insomnio. Pero por más que le preguntaba siempre obtenía la misma respuesta: Estoy bien, no te preocupes.

¿Cómo no iba a preocuparme? No veía que mejorase con los días y tampoco quería hablarlo conmigo. Mi angustia no sabía con quién desahogarla. Pensé en Aaron. Y sin pensarlo demasiado, me presenté en su piso. No lo había vuelto a ver desde aquella noche otoñal de luna llena que nos habíamos encontrado en el parque. Ahora, ya era invierno.

                Las calles estaban alfombradas por una fina capa de nieve. El frío penetrada hasta tus pulmones provocando un escalofrío al corazón. La nariz la sentía completamente congelada, seguramente la llevaría enrojecida por las bajas temperaturas que nos rodeaban. Intentaba ocultarme entre la bufanda y el abrigo que intentaban protegerme del frío invierno.

                La puerta del piso de Aaron se abrió. Ahí estaban de nuevo, aquella mirada llena de secretos, solitaria y fría como las calles en ese momento, pero ante todo, amable.

                —¿Jelly? —dijo sorprendido al verme—. ¿Qué haces aquí? —preguntó.

                —¿Te importa que pase? —pregunté antes de responderle.

                Él se apartó a un lado dándome permiso para que entrara. Escuché cómo cerraba la puerta a mi espalda.

                Me fijé en el piso, ya que la única vez que había estado no me había parado a observarlo. Era bastante diáfano. El comedor estaba unido con la cocina. Todo muy minimalista e inundado por la claridad gracias a los colores claros que teñían las paredes y los muebles.

                Me senté en un sofá que tenía situado a unos metros frente a la tele.

                —No puedo aguantarlo más —dije ya sin poder soportarlo.

                Las lágrimas parecían querer atropellar a mis palabras. Sentía tener un vaso en mi interior que luchaba por sostener su agua justo en el borde de la superficie, haciendo un verdadero esfuerzo de equilibrio por no derramar ni una gota. Pero había intentado mantener el equilibrio mucho tiempo, sin poderlo remediar, comenzaba a tambalearse, derramando su contenido.

                Aaron se sentó a mi lado, y dudando durante un segundo rodeó mis hombros con su brazo para reconfortar mi llanto.

                —Jelly, cálmate, cuéntame qué ha pasado —me dijo para que contara el motivo de mi tristeza.

Intenté calmarme un poco para poder hablar con más claridad.

                —Es Marcus, sé que le pasa algo, algo grave, pero no quiere contarme nunca nada. Siempre me dice que no me preocupe, que todo está bien. Pero yo sé que no es así. No está nada bien —lo miré con los ojos empañados en lágrimas—, ¿por qué no quiere contarme lo que le pasa? ¿Por qué no quiere compartir sus preocupaciones conmigo? —decía con la mirada pérdida de una niña asustada y llena de miedos.

                Aaron observó mi mirada perdida durante unos segundos, sin saber muy bien qué decirme, sin saber cómo ayudarme. Y me abrazó. Me abrazó con fuerza, para que pudiera llegar a sentir su calidez, su protección. Para que durante esos minutos, su abrazo me meciera en un mundo de tranquilidad y paz, donde la tristeza no pudiera llegar y donde las preocupaciones no existieran.

                Me acurruqué en su abrazo, intentando calmar la congoja que ahora me abordaba, deseando que todo aquello pasara pronto.

                En ese momento mi móvil sonó. Lo busqué con urgencia, para comprobar que se trataba de Marcus. Me aparté rápidamente de Aaron para poder hablar mejor.

                Aaron se levantó y fue hasta la zona de la cocina, que simplemente una encimera la separaba del comedor.

                —Dime cariño —le dije a Marcus, intentando disimular la congoja del llanto de hacía un momento.

                <<Jelly, ¿puedes venir a mi casa en media hora?>> Me preguntó Marcus.

                —Sí —respondí.

                —¿Te gustaría antes de irte una manzanilla? —escuché preguntar de pronto a Aaron.

                Mi corazón se detuvo durante un momento. Pues Marcus seguramente había escuchado su voz.

                <<¿Eso era una voz de un chico? ¿Dónde estás Jelly?>> preguntó Marcus.

                Por un momento quedé paralizada y con la mente en blanco.

                Mi voz sonó torpe y dudosa.

                —Eh… luego te cuento mejor, en media hora estoy en tu casa. Hasta luego cariño —Acto seguido colgué.

                Si le contara la verdad a Marcus de por qué había ido hasta el piso de Aaron… ¿me creería? Supongo que solo había una manera de averiguarlo. Me levanté.

                —Lo siento Aaron, pero debo marcharme. Gracias por todo —dije mirando a Aaron.

                Por un momento me había sentido enfadada con él por ese descuido, pero Aaron no tenía la culpa de nada, había sido yo quién se había presentado en su piso. Solo yo era culpable si las cosas terminaban mal. Aunque no había hecho nada malo, ¿verdad?

                Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, escuché la voz de Aaron.

                —Jelly.

                Me detuve y lo miré. Se acarició la nuca como si de pronto estuviera nervioso o avergonzado.

               —Puedes venir aquí siempre que quieras —dijo mirándome con una mirada tan dulce y amable que me sorprendió.

               Sonreí. Agradeciendo su amabilidad.

               Salí de allí. Dispuesta a averiguar de una vez por todas lo que le estaba sucediendo a Marcus.

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