(Capitulo 1) La Vista Imaginaria

Publicado: 16 marzo, 2015 en La Vista Imaginaria
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Yo tenía un amigo. Era el mejor. Solíamos mirar juntos el cielo. No había otro como él. Su amistad lo era todo para mí. Aunque, sabía que en su interior guardaba un dolor diario.

Era listo, con buen sentido del humor, atento.

Un día que le contaba llorando como alguien le estaba haciendo daño a mi corazón, dijo una frase que jamás podré olvidar.

—Tú al menos sabes lo que es estar con alguien. Yo ya no recuerdo lo que es estar con una chica. – Me dijo Marcus.

—¿Pero qué dices? Estás conmigo todo el tiempo y soy una chica. – Le dije reprochándole.

—No me refería a eso. – Suspiró, entonces supe que hablaba enserio. – He olvidado lo que es que te amen. He olvidado lo que es el contacto del cuerpo de una mujer con el mío, la sensación de besar a una chica. Estoy empezando a olvidar como es la mirada de una mujer, su sonrisa… No puedo saber si la gente sonríe cuando digo algo o si me compadece.

Hubo un breve silencio. Yo lo miraba intentando comprender como se sentía.

—No sé qué decir. – Dije.

—Es que no se puede decir nada. Debí morir en aquel accidente, pero no, me quedé ciego.

—Pero…

—No digas nada, – me interrumpió – ninguna chica me mirará con esta cara desfigurada y llena de cicatrices. – Se quedó en silencio, pero rápidamente volvió a hablar. – No lo hagas.

—¿El qué? – Pregunté sin entender.

—Llorar, compadecerme, no lo hagas. Eres mi mejor amiga, no te comportes como la mayoría. Y como amigo, te aconsejo que te alejes de ese imbécil que te hace de llorar todo el tiempo. – Me dijo con de forma dura.

Durante unos minutos nos mantuvimos en silencio.

Después le sujeté fuerte la mano.

—Me apetece correr. – Le dije. – No te sueltes.

Él sonrió.

Los dos estudiábamos juntos. Montábamos en bicicleta, la mía siempre iba enganchada a la suya con una cuerda, así era más sencillo, aunque él tenía muy buen sentido de la vista imaginaria, así era como lo llamábamos nosotros. En su mente podía imaginar el recorrido que yo le iba relatando, aunque seguro que él podía verlo más hermoso todo que como era en realidad.

Marcus se quedó ciego a los 19 años. Ahora teníamos 23. Nos conocimos al poco de quedarse ciego, por lo que jamás había visto como era mi aspecto físico, aunque sí me conocía muy bien interiormente. Era capaz de darse cuenta de más detalles de mi personalidad que otras personas, incluso en ocasiones, me parecía que llegaba a ver más que otros que tuvieran visión. Él tenía mucha paciencia conmigo, pues cada día le traía una historia nueva del chico con el que estaba manteniendo una relación, si es que se podía llamar así. Marcus me escuchaba, me calmaba y al rato podía sentirme mejor. Pero, a pesar de estar tan unidos, jamás nos habíamos dado ni un abrazo. Nunca. Desde que Marcus había perdido su visión, se había sentido incómodo a tener contacto con otros, por lo que siempre mantenía algo de distancia. Solo disfrutaba del roce de las palabras de alegría que pudiera pronunciar al verlo, para él era suficiente.

Siempre quedábamos en la misma cafetería. Reíamos, hablábamos. Después salíamos y corríamos por los campos de alrededor. A Marcus le apasionaba escuchar historias y yo tenía siempre alguna que contarle. Era toda una experta en inventar cuentos. Nos tumbábamos en las siembras y le relataba la forma que hacían las nubes, en ocasiones hasta él podía ver alguna también.

Un día me sorprendió. Llegó a mi casa con la ilusión de un niño cuando tiene un regalo y está nervioso por darlo y ver tu cara. Montamos en las bicicletas, pero en esta ocasión él iba delante, aunque yo tenía que ir avisándole si había obstáculos, pero me sorprendió ver la maravillosa orientación que tenía.

—Cierra los ojos. – Dijo de pronto.

—¿Estás seguro? – Dije no muy convencida, pues aún no habíamos llegado a ningún lado.

—Sí.

Cerré los ojos. Entonces escuché su voz relatando todo lo que iba pasando a nuestro alrededor.

—Las casas empiezan a ser antiguas. Te dan la bienvenida. Una bandada de mariposas salen asustadas por un gato de entre la inmensidad de flores que hay en un jardín de una casa abandonada.

De pronto sentí una brisa más fuerte rozar mi piel, sonreí, parecía que las mariposas pasaban a mi lado. Él no se detuvo en relatar.

—Ahora subimos una pequeña colina y de pronto una cascada aparece frente a nosotros cuando llegamos a la cima.

Pude escucharlo, un sonido fuerte y ruidoso de agua chocando contra más agua a gran altura. Pero el sonido de pronto fue agradable, placentero. Quería ronronear en mi oído, quería cantar su melodía de agua notas que fluían en el aire.

—La noche empieza a ponerse, trayendo la oscuridad repleta de estrellas. Puede sentirse el frescor y unos pocos grillos cantando.

Sentí mis brazos desnudos fríos, como si realmente la noche hubiera caído sobre nosotros. El sonido de los grillos comenzó a sonar. Nos sentamos sobre una especie de hierba y nos quedamos ahí, en silencio, escuchando los sonidos y admirando la noche. De camino a mi casa, más o menos por el mismo lugar que me había dicho que cerrara los ojos, me dio permiso para volverlos a abrir. Para mi sorpresa, aún seguía siendo de día.

Cuando llegamos a mi casa, lo miré.

—¿Cómo has hecho eso? – Le dije sorprendida.

—Quería regalarte un momento de vista imaginaria. – Me respondió.

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