(Capitulo 2) El Recorrido de Mi Alma

Publicado: 25 enero, 2015 en El Recorrido de Mi Alma
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   ¿Por qué lloramos? ¿Por qué sentimos dolor? Son preguntas que me hago y realmente medito mucho en ellas. Finalmente he pensado que puede que la razón sea simplemente que sin esos actos y sentimientos, no sabríamos apreciar cuando reímos o nos sentimos bien. ¿Por qué entonces yo no era capaz de reír? En aquella época pasada no sabía apreciar ningún otro sentimiento, ya que no era capaz de tener.

   ¿Finalmente me atrevería a adentrarme a una oscuridad aún más densa que la que había incubado mi corazón? Sin apenas pensarlo demasiado, bajé las escalares que me llevarían a la entrada del local que se encontraba bajo la superficie. Un olor a nicotina y licor inundó mis fosas nasales hasta llegar a mis pulmones, pasando por mi garganta y haciéndole arder el aire. La puerta se cerró a mi espalda. Apenas podía ver nada en aquella estampa de humo blanco y tenues luces artificiales. Las personas de allí dentro parecían estar en un estado de relajación imposible de alterar. A medida que andaba por aquel antro podía llegar a mis oídos desde algunos rincones risas, por otro lado susurros, incluso podía llegar a apreciar algún lamento. Un lugar donde no parecía existir normas ni comprensión.   Un lugar donde ocultarse de la realidad. Un lugar perfecto para mí. Parecía que ya no podía caer más, aquello era lo que había estado buscando, llegar hasta el suelo, para sentirme segura de que no podría caer aún más. Para que desapareciera aquel vértigo que parecía perseguirme cada día, como si constantemente estuviera caminando sobre una cuerda a muchos metros del suelo y tuviera que mantener la vista firme al frente para no tambalear. Pero esa cuerda en ocasiones tendía a vibrar y mi vista parecía querer escudriñar las profundidades. Quería bajar de esa cuerda en la que me mantenía cada día entre el abismo y el camino recto. Ahora parecía que ya había conseguido bajar, había tocado fondo.

   Me acerqué a la barra y sin saber por qué le pedí al camarero un whisky barato. Jamás me había gustado, pero a nadie le importaba que ahora lo pidiera, ni siquiera a mí. El camarero me sirvió y me miró con total descaro todo lo que podía verse en mí de forma superficial a mi persona. Y entonces me preguntó:

   —Nunca has venido por aquí antes ¿verdad?

  —¿Y eso que importa? – Respondí yo sin apenas mirarlo.

  —Solo era una pregunta.

  No volví a hablar y él tampoco. Le di un trago al whisky sintiendo su quemazón por mi garganta, cómo el licor barato hacia su efecto. Al otro lado de la barra había un espejo, vi mi reflejo en él. Mi alma vacía parecía perseguirme a través de los reflejos de mi persona. Una chica que apenas ya se cuidaba. Con un moño mal hecho y una fina gabardina negra. Unas botas de piel mullidas y desgastadas cubrían mis pequeños pies; y unos vaqueros y un jersey cubrían el resto. En realidad no encajaba en aquel lugar, pero en aquellos momentos no encajaba en ninguno, por lo que… qué diablos, no importaba a donde fuera. ¿Aquel era realmente mi destino? ¿Caminar de antro en antro hasta el fin de mis días?

  Acaricié el borde del vaso de mi copa con la yema de mi dedo índice y giré mi vista a la izquierda. Allí al fondo, en un sofá descolorido y sucio se encontraba un hombre con su mirada fija en mí. De pronto me indicó que me acercara hasta a él. Y en aquellos momentos no era capaz de tener un poco de sensatez, por lo que me alejé de la barra con mi copa y me acerqué. Me senté a su lado. La oscuridad parecía casi perpetua en aquel rincón. Pero eso no impidió que llegara a mis oídos perfectamente su voz ronca y grave. Un hombre desaliñado, con pelo rizado, largo y negro. Su rostro vestía una barba de varias semanas. Pero recuerdo perfectamente lo primero que me dijo.

  —¿Estás huyendo de la realidad?

  Aquel hombre parecía leer lo que mi interior ocultaba.

  —¿Acaso es una especie de brujo o algo así? ¿Alguien que todo lo ve? – Respondí yo un tanto burlona a la vez que sarcástica.

  Él se llevó el cigarro a la boca dándole una gran bocanada, y soltando después el humo de su boca sin parar de mirarme detenidamente.

  —Las personas que creen que pueden escapar de su propio infierno son precisamente las que llegan hasta a él. – Me dijo de forma calmada sin haberle molestado mi comentario.

  —No me conoce, no sabe nada mí. – Le dije yo.

  —¿Esa copa de whisky te dice algo? – Me dijo indicándome la copa con la mirada. – ¿Acaso me vas a decir que es una bebida que te apasiona? Sólo los que lo disfrutan de verdad lo toman.

  Me mantuve en silencio. Después me bebí lo que quedaba de whisky de un trago y dejé el vaso de manera firme sobre la mesa que se encontraba al lado del sofá. Me limpié sin tapujos ni refinamientos la boca con la mano y le mantuve la mirada.

  —Que le vaya bien. – Le dije a medida que me levantaba del sofá y me alejaba de él.

  Pero aquel hombre me había transmitido algo. Aunque todavía no sabía el qué, pero no tardaría mucho tiempo en descubrirlo.

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