Llegar hasta ti (Final)

Publicado: 3 diciembre, 2014 en Llegar hasta ti
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      —¡Oh! Perdona, creí que serías otra persona. ¿Querías algo? – Me preguntó con amabilidad.

Me había quedado en blanco y mi corazón estaba siendo en aquel momento avasallado por una fuerza motriz tan intensa que me bloqueaba.

      —Perdón, debo haberme equivocado de piso. – Dije al fin.

Me di la vuelta para marcharme.

      —Eres Leila ¿verdad? – Escuché decir de pronto a la chica.

Le miré sorprendida. Pero ella todavía sonreía con amabilidad.

      —Puedes pasar si quieres, ya que estás aquí. – Me ofreció.

No sabía cómo reaccionar, por lo que acepté su invitación por no parecer descortés. Me ofreció asiento. Era una chica delgada, de estatura media. Su pelo negro iba recogido en un moño. Tenía una piel blanca y tersa. Ojos azules y labios delgados. Usaba gafas de pasta de color negro, con forma rectangular, que acentuaban su mirada. Tenía una expresión amable y alegre. Una chica llena de vitalidad. No podía esperar menos de la chica de Jone.

        —¿Cómo sabías quién era? – Le pregunté.

        —Javi me habló de ti. He estado estos meses de viaje y llegué ayer por la noche. Me contó que habías venido a trabajar aquí y que os habíais visto en un par de ocasiones. – Me respondió de forma tranquila y amable.

        —Entonces tú eres… – Comencé a decir.

        —Cierto, aún no me he presentado, me llamo Ainara, como puedes comprobar también soy de España, de un pueblo de Barcelona. La verdad es que estuve a punto de volver a España, pero conocí a Javi y acepté un contrato para quedarme de manera indefinida. – Dijo.

Se le veía muy feliz.

Y en aquel momento lo sentí, no tenía sentido que estuviera ahí. Era patético y ridículo. Por lo que me levanté.

        —Perdona, pero tengo que irme, simplemente me acerqué a saludar a Javi. – Dije disculpándome.

 Salí corriendo de allí. No podía soportar más aquella situación. Corrí por toda la calle para alejarme lo antes posible. Cuando llegué a mi piso, Javi estaba sentado en las escaleras del rellano del bloque, esperándome. Nada más verlo, la rabia brotó por si sola por mi mano, hasta golpear su cara. Él ni parpadeó. Pero me miró con una seriedad que jamás le había visto.

        —No tienes derecho a hacer eso. – Me dijo.

        —Te lo dijo mi hermana, ¿verdad? – Dije sin poder mirarle.

        —Sí.

        —¿Lo has sabido todo este tiempo? – Pregunté.

        —Sí. Y esperaba que me lo contaras en algún momento. ¿Por qué no lo has hecho?

        —No lo sé. – Comencé a decir temblándome la voz. – Supongo que volví a sentir todo como los viejos tiempos y olvidé lo que tenía en España.

        —Jamás olvides a las personas que tienes a tu lado. Puede que las eches de menos el día que se vayan. – Me dijo.

        —Pero tú tampoco me contaste lo de Ainara.

        —Nos conocimos al mes de llegar aquí. Al segundo mes noté que le incomodaba que tuviera contacto contigo, por lo que dejé de llamarte y cambié de número para que ella estuviera más tranquila.

Sus palabras me golpeaban igual que un martillo, intentando en cada golpe que sangrara mi corazón.

        —Ahora vivimos juntos. Me queda menos de dos años de contrato por estar aquí. Pero me han dicho que si quisiera quedarme me harían un contrato indefinido. Tengo aún tiempo para pensármelo, pero Ainara está aquí y lo más seguro que acepte el contrato y me quede con ella.

No quise que viera tanta debilidad en mí. Por lo que hice el mayor esfuerzo del que fui capaz y me repuse.

        —Es una buena chica, serás feliz a su lado si te quedas aquí. Llevas razón, tengo una persona esperándome en Toledo, que si se fuera echaría de menos.

Tenía que empezar a valorar lo que la vida me había dado. Y después de Javi, la vida me había dado a Dani. En ocasiones olvidamos lo que tenemos y dejamos de valorar nuestro entorno. De pronto pensé que si comenzaba a valorar de verdad lo que tenía, la vida me parecería más hermosa.

Sentí la mano de Javi sobre mi cabeza. Lo miré. Me estaba sonriendo.

          —Todo saldrá bien. – Me dijo.

Los días siguientes fueron muy duros. Ya no veía a Javi. Fue como vivir por segunda vez la misma historia, pero en esta ocasión, en Nueva York.

Poco a poco, hablar con Dani repuso por completo mi corazón y mi ánimo. Hasta que Javi volvió a ser un recuerdo.

Salía mucho con Sofía. Se quedaba muchas veces a dormir en el piso. Hasta que le propuse que se mudara, así no estaría tan sola.

Continuó pasando el tiempo. Hasta que quedaron dos semanas para que terminara mi traslado y volver a España. Fueron dos semanas llenas de papeleos, llamadas, trabajo y organización del equipaje. Una locura que deseaba que terminara pronto. Hasta que llegó el día.

Me encontraba en el aeropuerto. Sofía no había podido acompañarme. Tenía trabajo que hacer.

           —¡Leila! – Escuché a Javi.

Lo miré sorprendida, no habíamos vuelto a vernos.

           —¿Qué haces aquí? – Pregunté.

           —Quería despedirme de ti. Siento que no nos hayamos visto más en todo este tiempo. – Se disculpó.

           —No tiene importancia, lo entiendo – le dije para tranquilizarlo –. ¿Has aceptado al final el contrato? – Le pregunté.

           —No, aun no. Tengo que dar una respuesta mañana. Si digo que no, en una semana estaría de nuevo en España. Pero Ainara quiere que me quede y yo también. Por lo que lo aceptaré.

Sus palabras me oprimían el pecho, pero aquello ya no era de mi incumbencia. Recordé cuando yo no llegué a tiempo al aeropuerto, el día que se marchó. Me alegró que él si hubiera llegado a tiempo para despedirme, ya que no sabía cuándo volvería a verle, puede que nunca más.

            —Buen viaje. – Me dijo con una sonrisa.

Me abrazó. Sentí dolor. Pero lo aguanté.

            —Que te vaya todo bien – me dijo al separarse de mí –. Tengo que irme. ¡Espero que volvamos a vernos! – Dijo a medida que se alejaba.

Pero entonces no pude dejar que se fuera sin decírselo.

            —¡El día que te marchaste, al leer tu mensaje fui al aeropuerto! ¡Pero llegué tarde, ya habías subido al avión! – Dije alzando la voz para que me escuchara a lo lejos.

Él se detuvo, pero no le di tiempo a que pudiera decir nada, pues yo ya había entrado para embarcar.

De vuelta en España, en Toledo. Me di cuenta lo mucho que la había añorado al ver de nuevo la ciudad. Ya había olvidado lo tranquila que era en comparación con Nueva York. Sentí que me daba la bienvenida con los primeros días de otoño.

Cuando llegué al piso, Dani no estaba. Estaría en el trabajo. Deshice la maleta mientras esperaba a que llegara.

Cuando Dani llegó del trabajo casi me asfixia al abrazarme. Me llenó de besos y de cariño. Me había echado mucho de menos. Pero aunque yo me alegré por volver a tenerle cerca, sentía algo diferente en mi interior. Aquello me preocupó.

Los días fueron pasando. Cada día que pasaba me comportaba de forma más fría y distante.

 Hasta que un día ya no pude más. Estaba claro que no podía. Lo justo era hablar con él.

          —Dani yo… – Comencé diciendo una mañana que habíamos salido a dar un paseo.

          —No tienes que decir nada, lo sé. – Dijo él cortándome.

          —Lo siento, no soy capaz de valorarte como te mereces. – Le dije con total sinceridad.

          —Leila, no tienes que disculparte, esto también forma parte de la vida. Es fácil equivocarse, lo difícil es acertar. Espero que todo te vaya bien. – Me dijo con una mirada llena de comprensión.

Lo abracé.

           —Gracias – Dije.

Sentí como él me abrazaba con fuerza, porque sabía que sería nuestro último abrazo.

Y así salió Dani de mi vida y volví al piso donde me había criado. Junto con mis padres y mi hermana.

Ya había pasado casi tres semanas desde que había vuelto. Por lo que deduje que Javi había aceptado finalmente el contrato. De nuevo en mi habitación. Donde había esperado cada día desde que era niña los aviones de papel que me enviaba Javi. Donde desde el alféizar había observado el cielo y la luna millones de veces. Y desde donde había observado una y otra vez la luz de la habitación de Javi encenderse y apagarse. Pero ya no volvería a verla encendida.

Me tumbé en la cama agotada por la mudanza. Había sido un día largo. Pero la noche había caído. Abrí la ventana para que entrara el aire. Me volví a tumbar. Observé la luz plateada de la luna que bañaba mi habitación. Pensé ya más calmada en todo lo que había ocurrido en Nueva York. La angustia volvía a inundar mi alma. La cruda realidad era que no era capaz de olvidarle. Pero la vida es así, lo que en ocasiones te da, en otras te lo quita.

Entonces escuché un sonido. Me incorporé y vi algo tirado en el suelo. Me acerqué. Era un avión de papel. Tenía un dibujo mal hecho de un chico y una chica corriendo cogidos de la mano, y decía:

“Te espero fuera”

La vida es la que es y nunca sabes lo que puede pasar en el día de mañana. Ese es el misterio, ¿no?

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